Dr Pisenlov
09-25-2005, 11:30 AM
ESTE ARTICULO LO SAQUE DEL DIARIO DE HOY .COMO TAL DIARIO DE DERECHA ESTA ES LA HISTORIA DE UN FRANCOTIRADOR DEL EJERCITO .ME PARECIO INTERESANTE QUE EL PERSONAJE ,NO HABLA DE IDEOLOGIA ALGUNA .SOLO QUE QUERIA SER SOLDADO !
Enfin me parecio INTERESANTE.
http://www.elsalvador.com/vertice/2005/250905/fotos/franco1.jpg
Sueños de guerra
José López (nombre ficticio), perteneció al primer contingente de efectivos de la Fuerza Armada desmovilizados después de los Acuerdos de Paz. Tras recibir el cursillo de francotirador, combatió en la zona norte de Chalatenango. Una tarde de sábado narró sus experiencias a la periodista de Vértice Lilian Martínez. En estas páginas, sus memorias del conflicto.
Redacción Vértice
Foto EDH / Wilfredo Díaz
vertice@elsalvador.com
Soy hijo de una familia muy pobre de Chalatenango. Mis padres eran campesinos y no podían comprarme juguetes.
Así que yo tenía que ingeniármelas y hacer mis juguetes con cajas de cartón o pedazos de madera. Pero había una vecina, muy amiga de mis papás, que un día me regaló una bolsa con carritos, tanques y soldados. Desde entonces la guerra era mi juego favorito. Yo sabía de qué se trataba, porque mis papás contaban cómo había sido la Guerra de las Cien Horas.
Otro día, alguien me regaló una hoja volante con la foto del entonces presidente, el coronel Fidel Sánchez Hernández. Desde entonces quise ser militar y estar al lado de gente importante.
Cuando crecí, trabajé como jornalero, pero no me gustó. Entonces busqué trabajo de lo que fuera. Hasta fui camionero. En febrero de 1982, acababa de sacar la cédula y estaba trabajando en una ladrillera de Chalatenango. Un día, mientras regresaba a mi casa, un retén del Ejército paró el bus en el que iba.
Nos bajaron a todos. Me reclutaron y me llevaron al cuartel en Chalatenango. Así se cumplió uno de mis deseos de cuando yo estaba niño, yo anhelaba ser militar y conductor de tráiler.
En el cuartel formaron dos compañías con los nuevos reclutas. Pero a mí, aunque era de los nuevos, me pusieron en la Compañía Antigua. Por la urgencia de la guerra, tal vez, casi no nos dieron entrenamiento. A uno lo reclutaban, a los tres meses ya lo ponían en los garitones, y a los cuatro, ya lo mandaban a patrullar fuera del cuartel.
Yo desconocía muchas cosas y las fui aprendiendo a puro ver y oír a otros compañeros. No sabía que el cinturón con que se detiene el equipo se llama arnés ni que el “apagallama” es donde está partidita la punta del fusil.
Campo de tiro
Ya había pasado algunos meses como soldado cuando anunciaron que iban a dar un cursillo de francotirador. Aquello me gustó, porque el francotirador usa un arma liviana que lo hace independiente de los demás compañeros. El resto de armas de apoyo, por lo general, necesita auxiliares. El francotirador no.
Así que fui a recibir mi primer curso de francotirador a la Cuarta Brigada en El Paraíso, Chalatenango, porque era la central que había en ese tiempo.
La primera fase del curso era física. A las cinco de la mañana lo ponían a subir y bajar los cerros durante una hora con mochilas cargadas con 50 libras de arena, el fusil y el equipo al hombro para que una agarrara coraje y resistencia.
A las 7:00 a.m. estábamos ya desayunando. Aunque en el cuartel no se dice “desayuno” ni “almuerzo”, sino “pasar rancho”.
A las 8:00 a.m. estábamos listos para la instrucción teórica.
Ahí nos explicaban qué es un francotirador: “Un individuo capacitado para neutralizar blancos a larga distancia”. No se decía “enemigos”, sino “blancos”.
Aprendimos a manejar la brújula, que sirve para saber cómo está ubicado uno según la carta topográfica. Además nos enseñaron cómo usar los binoculares, que tienen una numeración por dentro para saber a cuántos metros se está del objetivo. Los míos tenían un avance de 1000.
Teníamos que camuflarnos según el terreno. En el invierno (el camuflaje) es verde y en el verano es amarillezco, rojizo y café. En el invierno usábamos una tela calada, camuflados el fusil y la gorra. A veces, en el verano, improvisábamos con zacate seco, zacate jaraguá, y lo amarrábamos al fusil.
La segunda fase del cursillo consistía en ir al polígono de tiro. Ahí primero nos enseñaban a seriar el fusil, o sea, a alinearlo con la mira del fusil y con la mira adaptada. Después nos ponían a dispararle a las siluetas. El objetivo era causar una baja, pegarles dentro de la botella: la cabeza y la zona del pecho, donde no se falla.
Al principio nos habían dado un fusil Garand M1. Era un fusil de punto 30, muy fuerte, con la desventaja de que sólo tenía ocho cartuchos, no tenía cargador y la mira era sencilla. Después, con el M14 que nos mandaron los gringos, fue más avanzado. Tenía un cargador de 20 cartuchos, solo que de tiros, no de ráfagas, y se podía andar de 5 a 10 cargadores de la misma capacidad.
Blanco NEUTRALIZADO
Mi primera vez como francotirador fue durante un combate en la zona de San José Las Flores, Chalatenango, en la calle que va para Arcatao, queriendo entrar al pueblo.
¿Ha visto esas elevaciones? Ahí estaban ellos, eran tres. Los francotiradores de la guerrilla no tenían mira telescópica, pero tenían pulso. Era raro que fallaran. Eran capaces de liquidar a una columna completa de soldados.
La brújula y la carta topográfica le servían al francotirador para saber dónde estaba. Además, observaba el viento y la posición del sol para hacer cálculos.
Y entonces “¡pla!”, la primera baja. Eso nos puso en jaque. De nada servía que los demás dispararan, era gastar munición por gusto. Entonces el oficial gritó: “¡que venga el francotirador!”, y me adelanté.
Primero tenía que camuflarme, buscar una parte oculta, debajo de un árbol o de un charral y, con los binoculares, empezar a observar.
Al mediodía, hay ventaja, porque se ve la temperatura del disparo, como cuando usted ve el pavimento al mediodía. Uno analiza, mide cuánta distancia hay, ahí pone la mira, y ya para hacer el disparo tiene que respirar hondo, sostener el aire y apuntar. Cuando suelta el aire, suelta el disparo.
Así que esperé la mejor oportunidad para disparar. ¿En qué pensaba? Pues en neutralizarlo. A parte de eso, había visto a un compañero herido y estaba enojado, con la sangre caliente. Quería venganza.
Todo mundo quiere salir adelante, nadie quiere perder. Desde el momento en que uno salía de la base, estaba consciente a lo que iba. Estaba dispuesto a cualquier situación. Tenía que ir con la sangre activa, con la adrenalina arriba.
Así neutralicé al primero, luego al segundo. Solo quedó uno. Ese quiso rescatar a los compañeros. Pero no pudo, porque yo lo tenía bien ubicado. Cuando se asomaba “¡pla!”, iba el disparo. Después, se quiso llevar los fusiles, pero tampoco lo dejé. Cualquier movimiento que hacía era una ventaja para tenerlo controlado.
Entonces le dije al oficial que avanzara, que siguiera, porque había neutralizado a dos y solo quedaba uno. Yo tenía el ojo puesto en el objetivo, esperando que se moviera.
Como último recurso, se quedó parado al haz de un árbol. Cuando empezó a sacar su fusil camuflado con un palo, “¡pla!”, era el disparo. Le arrancaba hasta las cáscaras al palo. Se daba vuelta y “¡pla!”, otro tiro.
Después quiso estar a ras de suelo disparando, pero como yo lo había ubicado cuando se acurrucaba, “¡pla!”. Ya lo tenía bajo control. Total, tuvo que pegar la retirada. Los otros dos guerrilleros quedaron ahí.
Eso era en combate, pero cuando nosotros emboscábamos a la guerrilla era diferente.
En ese momento, uno tenía que neutralizar a los objetivos principales, ser selectivo, identificar al mando. Ése, por lo general, nunca va a andar demasiada carga. Además, si llama a otro y hace señas con la mano, se nota que está dando órdenes. A uno no le daban la foto de él, ahí era de adivinar.
Pero uno sabía determinar quién era. A veces, cerca del mando andaba el radio operador. Uno podía ver a quién le pasaba el radio para que hablara. Así que uno primero neutralizaba al mando y después al radio operador, porque así los demás quedaban incomunicados. Después se atacaba a los que llevaban las armas de apoyo.
Al lado de la muerte
Viví muchas situaciones de peligro, pero hubo una bien rara que no me pareció nada.
En Llano Grande, adelante de Quezaltepeque, había dos francotiradores guerrilleros. Ya me habían ubicado y empezaron a dispararme.
Entonces le pedí a unos compañeros que dispararan para distraerlos y poder moverme a otro lugar. Hasta ahí, todo iba bien.
Neutralicé a un blanco. Se hizo tarde, y yo seguí observando en dirección al objetivo, porque a cinco metros de él estaba otro guerrillero que lo quería rescatar. Me tardé quizá dos, tres horas, haciendo esa observación cuando, al final, ya no vi nada, porque iba oscureciendo.
Así que salí de mi escondite hacia la calle principal, pero ya no vi a mis compañeros. Le pregunté a unos niños:
– ¿Hey, qué se ha hecho la brava?
– ¡Hace ratos que se fueron!
De ahí le pregunté a una señora. “Sí”, me dice, “hace como media hora que se fueron“. Se habían ido y me dejaron, sin avisarme. No sé qué pasó. Falta de coordinación quizá del superior. Él tenía que estar pendiente de mí.
Me dio bastante cólera, pero uno de los niños me enseñó la vereda por donde se había ido la tropa. Empecé a correr. Me dio miedo. ¡Hasta vivo me podía haber capturado la guerrilla! Pero al mismo tiempo me dio furia con el oficial al mando.
Más furia sentí, cuando los alcancé y él, al verme, se puso a reír. “¡Hey, te habías quedado!”, me dijo. No lo traté (insulté), porque era un oficial superior y yo estaba ahí para obedecer.
En los cuatro años que estuve como francotirador, vi caer muchos blancos. Otras veces, no logré neutralizarlos, o por lo oscuro, no supe si lo había logrado.
De tanto luchar, instalamos una base en Arcatao. Ese era territorio dominado por la guerrilla, y nos atacaron de noche. Yo no veía. Era mentira que iba a ver algo.
Pero yo tenía una ventaja. Había una posición desde donde los guerrilleros nos estaban atacando con una ametralladora M60 y trazadoras, se llaman así, porque en la punta tienen incandescente. Se podía ver algo. Entonces, me puse a ver de dónde salía el fuego con los binoculares.
Hice cálculos y empecé a disparar hacia ese lugar. Dejé ir varios disparos. Al rato dejaron de disparar. Pero ya nos había matado a un soldado y herido a tres.
La retirada
Había cosas que no me gustaban. Cada invierno, me desesperaba estar durmiendo en el suelo y aguantando agua llovida. Además, la guerrilla acostumbra disparar a las orillas de los caminos y si el soldado se tiraba, caía sobre minas. Era bien tremendo.
Una vez el compañero que iba delante de mí pisó una mina. Otras veces le tocó al que llevaba a la par. Entonces me iba entrando temor y pensé en aprender un oficio.
Entonces, le pregunté a un oficial encargado del mantenimiento de los vehículos si me daba la oportunidad de aprender un oficio, y él, imprudentemente o por el machismo que había entre los oficiales en ese tiempo, me dijo:
“Bueno, ¿y vos? ¿Que estás lisiado que te querés pasar acá?“. Eso me indignó. Por eso solicité la baja en Chalatenango y en Ahuachapán conseguí el alta. Y ahí me mantenía trabajando, no me involucraba con la tropa. Era un simple cabo.
Un año antes de salirme del Ejército, en 1992, conocí a mi esposa. Para ese entonces, ya estaba en la Primera Brigada. Después de casarnos, me acogí al Decreto 111, salí cuartel por retiro voluntario. Yo iba en el primer contingente que salió desmovilizado por acuerdo. Con mi esposa hemos procreado dos hijas. Una de 15 años y la menor que tiene 9 años. Me congrego en las Asambleas de Dios. Tengo casi 14 años de trabajar en la empresa privada.
Todo este tiempo, he tenido sueños y algunas veces hasta pesadillas de lo que viví en el Ejército. Recuerdo que recién salido, la primera Navidad estaba solo en mi casa y me tiré al suelo cuando oí la reventazón de una ametralladora de las largas. Se veía bien ridículo, pero era la psicosis que se vivía. Después de la guerra, uno ya estaba programado.
Una vez, estando de licencia, atacaron el puesto de la Guardia que estaba cerca de mi casa y, cuando oí los primeros bombazos, me tiré de la cama buscando las botas y el uniforme y, como con la luz apagada, reaccioné y recordé que estaba en la casa que no estaba en el cuartel. ¡Cómo no va a quedar programado uno!
Una noche, habíamos montado un retén y eso de la 1:00 de la mañana, los guerrilleros nos atacaron. Habíamos siete y a todos nos hirieron. A mí, una esquirla me cayó en la mano, otras dos en el brazo y tengo otra en la cabeza. Gracias a Dios, solo me quedan las cicatrices.
Porque todo el tiempo yo me encomendaba a Dios: al salir del cuartel, si íbamos a pie, siempre iba orando. Mis padres me criaron en la iglesia evangélica. Por la juventud, al entrar al cuartel, yo estaba en pecado, pero no se me olvidaba lo aprendido, mi doctrina era ésa: el evangelio. Gracias a eso, Dios me protegió de muchos peligros.
Ahora, aunque me ofrecieran dinero para volver a pelear, no regreso al Ejército ni para irme a Iraq. Ya no estoy para esos trotes. Esa época ya pasó.
Enfin me parecio INTERESANTE.
http://www.elsalvador.com/vertice/2005/250905/fotos/franco1.jpg
Sueños de guerra
José López (nombre ficticio), perteneció al primer contingente de efectivos de la Fuerza Armada desmovilizados después de los Acuerdos de Paz. Tras recibir el cursillo de francotirador, combatió en la zona norte de Chalatenango. Una tarde de sábado narró sus experiencias a la periodista de Vértice Lilian Martínez. En estas páginas, sus memorias del conflicto.
Redacción Vértice
Foto EDH / Wilfredo Díaz
vertice@elsalvador.com
Soy hijo de una familia muy pobre de Chalatenango. Mis padres eran campesinos y no podían comprarme juguetes.
Así que yo tenía que ingeniármelas y hacer mis juguetes con cajas de cartón o pedazos de madera. Pero había una vecina, muy amiga de mis papás, que un día me regaló una bolsa con carritos, tanques y soldados. Desde entonces la guerra era mi juego favorito. Yo sabía de qué se trataba, porque mis papás contaban cómo había sido la Guerra de las Cien Horas.
Otro día, alguien me regaló una hoja volante con la foto del entonces presidente, el coronel Fidel Sánchez Hernández. Desde entonces quise ser militar y estar al lado de gente importante.
Cuando crecí, trabajé como jornalero, pero no me gustó. Entonces busqué trabajo de lo que fuera. Hasta fui camionero. En febrero de 1982, acababa de sacar la cédula y estaba trabajando en una ladrillera de Chalatenango. Un día, mientras regresaba a mi casa, un retén del Ejército paró el bus en el que iba.
Nos bajaron a todos. Me reclutaron y me llevaron al cuartel en Chalatenango. Así se cumplió uno de mis deseos de cuando yo estaba niño, yo anhelaba ser militar y conductor de tráiler.
En el cuartel formaron dos compañías con los nuevos reclutas. Pero a mí, aunque era de los nuevos, me pusieron en la Compañía Antigua. Por la urgencia de la guerra, tal vez, casi no nos dieron entrenamiento. A uno lo reclutaban, a los tres meses ya lo ponían en los garitones, y a los cuatro, ya lo mandaban a patrullar fuera del cuartel.
Yo desconocía muchas cosas y las fui aprendiendo a puro ver y oír a otros compañeros. No sabía que el cinturón con que se detiene el equipo se llama arnés ni que el “apagallama” es donde está partidita la punta del fusil.
Campo de tiro
Ya había pasado algunos meses como soldado cuando anunciaron que iban a dar un cursillo de francotirador. Aquello me gustó, porque el francotirador usa un arma liviana que lo hace independiente de los demás compañeros. El resto de armas de apoyo, por lo general, necesita auxiliares. El francotirador no.
Así que fui a recibir mi primer curso de francotirador a la Cuarta Brigada en El Paraíso, Chalatenango, porque era la central que había en ese tiempo.
La primera fase del curso era física. A las cinco de la mañana lo ponían a subir y bajar los cerros durante una hora con mochilas cargadas con 50 libras de arena, el fusil y el equipo al hombro para que una agarrara coraje y resistencia.
A las 7:00 a.m. estábamos ya desayunando. Aunque en el cuartel no se dice “desayuno” ni “almuerzo”, sino “pasar rancho”.
A las 8:00 a.m. estábamos listos para la instrucción teórica.
Ahí nos explicaban qué es un francotirador: “Un individuo capacitado para neutralizar blancos a larga distancia”. No se decía “enemigos”, sino “blancos”.
Aprendimos a manejar la brújula, que sirve para saber cómo está ubicado uno según la carta topográfica. Además nos enseñaron cómo usar los binoculares, que tienen una numeración por dentro para saber a cuántos metros se está del objetivo. Los míos tenían un avance de 1000.
Teníamos que camuflarnos según el terreno. En el invierno (el camuflaje) es verde y en el verano es amarillezco, rojizo y café. En el invierno usábamos una tela calada, camuflados el fusil y la gorra. A veces, en el verano, improvisábamos con zacate seco, zacate jaraguá, y lo amarrábamos al fusil.
La segunda fase del cursillo consistía en ir al polígono de tiro. Ahí primero nos enseñaban a seriar el fusil, o sea, a alinearlo con la mira del fusil y con la mira adaptada. Después nos ponían a dispararle a las siluetas. El objetivo era causar una baja, pegarles dentro de la botella: la cabeza y la zona del pecho, donde no se falla.
Al principio nos habían dado un fusil Garand M1. Era un fusil de punto 30, muy fuerte, con la desventaja de que sólo tenía ocho cartuchos, no tenía cargador y la mira era sencilla. Después, con el M14 que nos mandaron los gringos, fue más avanzado. Tenía un cargador de 20 cartuchos, solo que de tiros, no de ráfagas, y se podía andar de 5 a 10 cargadores de la misma capacidad.
Blanco NEUTRALIZADO
Mi primera vez como francotirador fue durante un combate en la zona de San José Las Flores, Chalatenango, en la calle que va para Arcatao, queriendo entrar al pueblo.
¿Ha visto esas elevaciones? Ahí estaban ellos, eran tres. Los francotiradores de la guerrilla no tenían mira telescópica, pero tenían pulso. Era raro que fallaran. Eran capaces de liquidar a una columna completa de soldados.
La brújula y la carta topográfica le servían al francotirador para saber dónde estaba. Además, observaba el viento y la posición del sol para hacer cálculos.
Y entonces “¡pla!”, la primera baja. Eso nos puso en jaque. De nada servía que los demás dispararan, era gastar munición por gusto. Entonces el oficial gritó: “¡que venga el francotirador!”, y me adelanté.
Primero tenía que camuflarme, buscar una parte oculta, debajo de un árbol o de un charral y, con los binoculares, empezar a observar.
Al mediodía, hay ventaja, porque se ve la temperatura del disparo, como cuando usted ve el pavimento al mediodía. Uno analiza, mide cuánta distancia hay, ahí pone la mira, y ya para hacer el disparo tiene que respirar hondo, sostener el aire y apuntar. Cuando suelta el aire, suelta el disparo.
Así que esperé la mejor oportunidad para disparar. ¿En qué pensaba? Pues en neutralizarlo. A parte de eso, había visto a un compañero herido y estaba enojado, con la sangre caliente. Quería venganza.
Todo mundo quiere salir adelante, nadie quiere perder. Desde el momento en que uno salía de la base, estaba consciente a lo que iba. Estaba dispuesto a cualquier situación. Tenía que ir con la sangre activa, con la adrenalina arriba.
Así neutralicé al primero, luego al segundo. Solo quedó uno. Ese quiso rescatar a los compañeros. Pero no pudo, porque yo lo tenía bien ubicado. Cuando se asomaba “¡pla!”, iba el disparo. Después, se quiso llevar los fusiles, pero tampoco lo dejé. Cualquier movimiento que hacía era una ventaja para tenerlo controlado.
Entonces le dije al oficial que avanzara, que siguiera, porque había neutralizado a dos y solo quedaba uno. Yo tenía el ojo puesto en el objetivo, esperando que se moviera.
Como último recurso, se quedó parado al haz de un árbol. Cuando empezó a sacar su fusil camuflado con un palo, “¡pla!”, era el disparo. Le arrancaba hasta las cáscaras al palo. Se daba vuelta y “¡pla!”, otro tiro.
Después quiso estar a ras de suelo disparando, pero como yo lo había ubicado cuando se acurrucaba, “¡pla!”. Ya lo tenía bajo control. Total, tuvo que pegar la retirada. Los otros dos guerrilleros quedaron ahí.
Eso era en combate, pero cuando nosotros emboscábamos a la guerrilla era diferente.
En ese momento, uno tenía que neutralizar a los objetivos principales, ser selectivo, identificar al mando. Ése, por lo general, nunca va a andar demasiada carga. Además, si llama a otro y hace señas con la mano, se nota que está dando órdenes. A uno no le daban la foto de él, ahí era de adivinar.
Pero uno sabía determinar quién era. A veces, cerca del mando andaba el radio operador. Uno podía ver a quién le pasaba el radio para que hablara. Así que uno primero neutralizaba al mando y después al radio operador, porque así los demás quedaban incomunicados. Después se atacaba a los que llevaban las armas de apoyo.
Al lado de la muerte
Viví muchas situaciones de peligro, pero hubo una bien rara que no me pareció nada.
En Llano Grande, adelante de Quezaltepeque, había dos francotiradores guerrilleros. Ya me habían ubicado y empezaron a dispararme.
Entonces le pedí a unos compañeros que dispararan para distraerlos y poder moverme a otro lugar. Hasta ahí, todo iba bien.
Neutralicé a un blanco. Se hizo tarde, y yo seguí observando en dirección al objetivo, porque a cinco metros de él estaba otro guerrillero que lo quería rescatar. Me tardé quizá dos, tres horas, haciendo esa observación cuando, al final, ya no vi nada, porque iba oscureciendo.
Así que salí de mi escondite hacia la calle principal, pero ya no vi a mis compañeros. Le pregunté a unos niños:
– ¿Hey, qué se ha hecho la brava?
– ¡Hace ratos que se fueron!
De ahí le pregunté a una señora. “Sí”, me dice, “hace como media hora que se fueron“. Se habían ido y me dejaron, sin avisarme. No sé qué pasó. Falta de coordinación quizá del superior. Él tenía que estar pendiente de mí.
Me dio bastante cólera, pero uno de los niños me enseñó la vereda por donde se había ido la tropa. Empecé a correr. Me dio miedo. ¡Hasta vivo me podía haber capturado la guerrilla! Pero al mismo tiempo me dio furia con el oficial al mando.
Más furia sentí, cuando los alcancé y él, al verme, se puso a reír. “¡Hey, te habías quedado!”, me dijo. No lo traté (insulté), porque era un oficial superior y yo estaba ahí para obedecer.
En los cuatro años que estuve como francotirador, vi caer muchos blancos. Otras veces, no logré neutralizarlos, o por lo oscuro, no supe si lo había logrado.
De tanto luchar, instalamos una base en Arcatao. Ese era territorio dominado por la guerrilla, y nos atacaron de noche. Yo no veía. Era mentira que iba a ver algo.
Pero yo tenía una ventaja. Había una posición desde donde los guerrilleros nos estaban atacando con una ametralladora M60 y trazadoras, se llaman así, porque en la punta tienen incandescente. Se podía ver algo. Entonces, me puse a ver de dónde salía el fuego con los binoculares.
Hice cálculos y empecé a disparar hacia ese lugar. Dejé ir varios disparos. Al rato dejaron de disparar. Pero ya nos había matado a un soldado y herido a tres.
La retirada
Había cosas que no me gustaban. Cada invierno, me desesperaba estar durmiendo en el suelo y aguantando agua llovida. Además, la guerrilla acostumbra disparar a las orillas de los caminos y si el soldado se tiraba, caía sobre minas. Era bien tremendo.
Una vez el compañero que iba delante de mí pisó una mina. Otras veces le tocó al que llevaba a la par. Entonces me iba entrando temor y pensé en aprender un oficio.
Entonces, le pregunté a un oficial encargado del mantenimiento de los vehículos si me daba la oportunidad de aprender un oficio, y él, imprudentemente o por el machismo que había entre los oficiales en ese tiempo, me dijo:
“Bueno, ¿y vos? ¿Que estás lisiado que te querés pasar acá?“. Eso me indignó. Por eso solicité la baja en Chalatenango y en Ahuachapán conseguí el alta. Y ahí me mantenía trabajando, no me involucraba con la tropa. Era un simple cabo.
Un año antes de salirme del Ejército, en 1992, conocí a mi esposa. Para ese entonces, ya estaba en la Primera Brigada. Después de casarnos, me acogí al Decreto 111, salí cuartel por retiro voluntario. Yo iba en el primer contingente que salió desmovilizado por acuerdo. Con mi esposa hemos procreado dos hijas. Una de 15 años y la menor que tiene 9 años. Me congrego en las Asambleas de Dios. Tengo casi 14 años de trabajar en la empresa privada.
Todo este tiempo, he tenido sueños y algunas veces hasta pesadillas de lo que viví en el Ejército. Recuerdo que recién salido, la primera Navidad estaba solo en mi casa y me tiré al suelo cuando oí la reventazón de una ametralladora de las largas. Se veía bien ridículo, pero era la psicosis que se vivía. Después de la guerra, uno ya estaba programado.
Una vez, estando de licencia, atacaron el puesto de la Guardia que estaba cerca de mi casa y, cuando oí los primeros bombazos, me tiré de la cama buscando las botas y el uniforme y, como con la luz apagada, reaccioné y recordé que estaba en la casa que no estaba en el cuartel. ¡Cómo no va a quedar programado uno!
Una noche, habíamos montado un retén y eso de la 1:00 de la mañana, los guerrilleros nos atacaron. Habíamos siete y a todos nos hirieron. A mí, una esquirla me cayó en la mano, otras dos en el brazo y tengo otra en la cabeza. Gracias a Dios, solo me quedan las cicatrices.
Porque todo el tiempo yo me encomendaba a Dios: al salir del cuartel, si íbamos a pie, siempre iba orando. Mis padres me criaron en la iglesia evangélica. Por la juventud, al entrar al cuartel, yo estaba en pecado, pero no se me olvidaba lo aprendido, mi doctrina era ésa: el evangelio. Gracias a eso, Dios me protegió de muchos peligros.
Ahora, aunque me ofrecieran dinero para volver a pelear, no regreso al Ejército ni para irme a Iraq. Ya no estoy para esos trotes. Esa época ya pasó.